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El Turbador Surrealismo de Magritte abril 6, 2008

Posted by Sergio in Arte y Artistas.
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A propósito de la lectura de un poema de Jorge Luis Borges, llamado “Los Espejos”, y que habla del miedo que estos objetos le provocan, me ha venido a la memoria aquel retrato de Magritte, en que aparece un hombre enfrentando a un espejo, mientras este le devuelve su propia imagen vista desde atrás, imagen que resulta tan turbadora, tan terrorífica como la descripción poética que hace Borges de ese espacio ilusorio e inverso, tras el cristal impenetrable.

Me he puesto a revisar la obra de este pintor surrealista belga, surrealista de verdad, no un payaso del surrealismo, que aportó una orientación conceptual, cuestionadora, cargada de fino humor, y siempre turbadora, a este movimiento artístico.

Debo decir que nunca me ha parecido dotado de un gran talento técnico, y que tanto su dibujo como su pincelada no me parecen especialmente finos. Es más, hasta su composición suele ser bastante pobre, pero atrae y encanta por su propuesta que llega a ser, si cabe, más literaria que pictórica.

Algunas de sus obras, y un enlace a una galería en que he puesto varias de ellas:

 
 
 
 

Posted by Picasa

Finalmente, el poema que dió origen a esta revisión:

LOS ESPEJOS
Jorge Luis Borges

Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

sino ante el agua especular que imita
el otro azul en su profundo cielo
que a veces raya el ilusorio vuelo
del ave inversa o que un temblor agita

Y ante la superficie silenciosa
del ébano sutil cuya tersura
repite como un sueño la blancura
de un vago mármol o una vaga rosa,

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
años de errar bajo la varia luna,
me pregunto qué azar de la fortuna
hizo que yo temiera los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
espejo de caoba que en la bruma
de su rojo crepúsculo disfuma
ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
ejecutores de un antiguo pacto,
multiplicar el mundo como el acto
generativo, insomnes y fatales.

Prolonga este vano mundo incierto
en su vertiginosa telaraña;
a veces en la tarde los empaña
el Hálito de un hombre que no ha muerto.

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro.

Todo acontece y nada se recuerda
en esos gabinetes cristalinos
donde, como fantásticos rabinos,
leemos los libros de derecha a izquierda.

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
no sintió que era un sueño hasta aquel día
en que un actor mimó su felonía
con arte silencioso, en un tablado.

Que haya sueños es raro, que haya espejos,
que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio
orbe profundo que urden los reflejos.

Dios (he dado en pensar) pone un empeño
en toda esa inasible arquitectura
que edifica la luz con la tersura
del cristal y la sombra con el sueño.

Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo
para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso no alarman.

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